¿Hay música en el hombre?

Título: ¿Hay música en el hombre? (How Musical Is Man?)
Escritor: John Blacking
Páginas: 184 páginas
Año de publicación: 2006
Editorial: Alianza Editorial
ISBN: 978-84-206-6039-4
Sinopsis oficial:
«Todos los seres humanos somos capaces de hacer música y apreciarla. ¿Por qué, entonces, tan a menudo la consideramos una actividad restringida a unos pocos? John Blacking aborda esta cuestión al modo antropológico: ilustrando minuciosamente las relaciones que entreteje la música con otros aspectos del comportamiento social. Con detallados análisis de ejemplos sonoros de los Venda del Transvaal y otras poblaciones africanas, ¿Hay música en el hombre? formula una crítica contundente del etnocentrismo inherente a las visiones elitistas y evolucionistas del hecho musical. El estudio en profundidad de todas las culturas musicales llevará a una reevaluación de nuestras ideas sobre la musicalidad humana, pues "una canción popular africana no es necesariamente menos intelectual que una sinfonía... quien la compuso vio más allá de los límites de su cultura y fue capaz de inventar una forma nueva y poderosa para expresar en sonido su visión de las posibilidades ilimitadas del desarrollo humano".» 

El propósito de ¿Hay música en el hombre? es mucho más relevante de lo que puede parecer en un principio, si el hecho de conseguir responder a una pregunta de tal calibre no lo es ya por sí mismo. John Blacking no sólo intenta dar respuesta a tal cuestión, sino que se encamina hacia una visión más clara de la idiosincrasia humana y un conocimiento mayor de la interioridad del hombre, una meta que, por medio de la música, nos servirá para crear una realidad mejor cuando entendamos las necesidades emocionales de nuestra propia existencia, en un mundo en el que todo lo técnico y racional se impone cada vez más sobre lo sentimental y sensitivo, a lo que los seres humanos también pertenecen.

La música será el medio canalizador que nos ayude a tal tarea, pero para que ésta llegue a ser tal cosa, habrá que conocerla estudiando todas las situaciones en las que se produce y, en algunos casos, lejos de la rigidez mecánica formal que se impone en el mundo occidental. Así, en los estudios y reflexiones que Blacking hace a lo largo del libro, se demuestra que la música, como el hombre, es algo mucho más importante y maravilloso de lo que se cree, ¿por qué?

La música (o la sensación musical) comienza con la “aparente” obviedad de una experiencia compartida y, por lo tanto, social. Aun cuando el oyente se encuentre sólo en casa, no será posible la escucha de la música sin alguien que la produjese en su momento y, aunque se quiera argumentar la existencia de un músico bohemio y solitario que disfruta de su arte, éste está siendo partícipe de un proceso universal y madurado a lo largo del tiempo por muchas otras personas, un proceso de humanidad. Así, poniéndonos el ejemplo claro de la sociedad venda (una conjunción tribal africana o, mejor dicho, un ejemplo de sociedad que no se ve obstruida y delimitada por la restringente cualidad de las normas sociales occidentales y que, por lo tanto, puede explayarse en la emotividad al máximo posible del éxtasis que la música otorga) Blacking consigue presentarnos claramente el inmenso poder de unión y hermandad que reside en la musicalidad. Un poder que, por sus experiencias de convivencia con dicha tribu durante varios años y lejos de las convenciones y vergüenzas sociales mencionadas, es capaz de intuir muy de cerca. Así, la música (es y) se nos presenta como el producto de una conjunción social y, por lo tanto, vendrá definida por las necesidades, inquietudes y deseos de los distintos seres humanos que, con su mera presencia en el acto musical, la estarán creando en su momento.

El hecho de que esta capacidad “mágica” que posee la música no sea (o no parezca ser) tan notable en las sociedades occidentales se debe a las propias características de estas sociedades; en las que, como se ha dicho, todo lo relacionado con la emotividad (sin duda la música forma parte de ese todo) se ignora o infravalora. Por ese motivo, y por desgracia, el único papel visible que la musicalidad tiene dentro de nuestra comunidad es el del entretenimiento o el que puede tener dentro del consumismo; lejos siempre, para la mayoría del público, de la prodigiosa experiencia trascendente que puede provocar.

Este triste hecho es visible en el tratamiento que nuestra misma sociedad le otorga a la música y, por lo tanto, a sus productores: los músicos. Como Blacking menciona y crítica en ¿Hay música en el hombre?, la música en los países occidentales es una característica de ciertas élites o conjuntos de poder y, de alguna manera, se presenta imposible ante ciertos grupos de “orden” o “nivel” más ”bajo“ en dicha sociedad. Es, desgraciadamente, una realidad elitista. Y esto se refleja en la constante competitividad con la que se enseña la música: los instrumentistas suelen ser animados no ya únicamente para mejorarse a sí mismos, sino también para superar y mejorar a los demás músicos y pasarles por encima, en vez de aprender en un diálogo común y un intercambio de ideas y métodos de estudio; algo que ocurre sobre todo en los instrumentos solistas (como el piano o la guitarra) y que no se ven obligados de una compañía en orquestas y bandas; a diferencia, después, de los instrumentos de viento. De igual manera, se comete el error de enseñar la música como un conjunto de técnicas y movimientos físicos, esperando que la emoción, el sentimiento y el mismo fondo que hace a la música lo que en realidad es vengan después, automáticamente, justificados por lo anterior. Y en realidad es al revés. Esta falta de conocimiento del panorama sensible de la música, que ni se enseña ni, normalmente, se sabe explicar, es otro reflejo más de una sociedad dominada por lo técnico y lo lógico y, desgraciadamente, un hecho que hace que muchos nuevos músicos abandonen frustrados sus intentos al verse incapaces de darle a la música ese valor último que debe tener y que, finalmente y como hemos dicho, la convierte en lo que es.

Por eso debemos aprender mucho en el panorama emocional humano y saber disfrutar de la música, siendo conscientes de los sentimientos que nos provoca al oírla, para después poder ejecutarla dejándonos llevar por la misma reacción espontánea que nuestra cualidad de humanos nos provoca al ser partícipes de ella. Así, tal y como son los venda, debemos conseguir separarnos de la rigidez de la sociedad actual y aprender en el aspecto sensible. En esto, el amar tiene mucho que decir en una sociedad que no es capaz de afrontar con la suficiente “naturalidad” las relaciones humanas y a la que le es difícil demostrar la amistad, el amor y el cariño, realidades emocionales que luego se harán extensibles a la música. Los jóvenes, como nueva generación que debe rebelarse ante la tradición y que comienza desde cero, debemos ser capaces de mejorar esto y de abrirnos camino en el marco de sentimentalidad y emoción que forma parte del ser humano, rompiendo con las rigideces que, sin darnos cuenta, nos hacen infelices como miembros de esta sociedad.

De igual manera, el inmovilismo de la tradición cultural occidental pierde mucho y se equivoca inconscientemente en el análisis del arte y de la música pues, basándose en las propias reglas que se ha ido creando durante el tiempo sin tener en cuenta la realidad que las personas humanas que idearon la música tuvieron que vivir en su momento, interpreta (o quiere interpretar) determinadas obras únicamente desde el análisis racional y cerrado que, tal vez, sólo puede ser extensible a determinado tipo de música (y ni siquiera a ésta). Por ello, debemos aprender en el marco de la educación musical y enseñar el Análisis de la música como no sólo un estudio de partituras o de sonidos en esquemas prácticamente matemáticos, sino como un conjunto de esto, que puede ser válido también, y de las sensaciones, preocupaciones y experiencias humanas que llevaron al compositor (y a la sociedad de su momento, que también sería reflejada en su obra) a crear dicha música.

Definitivamente, hay música en el hombre. El libro de John Blacking ha conseguido mostrarme con ejemplos prácticamente indudables lo que yo ya venía intuyendo desde hace tiempo: la música es algo inherente al ser humano, que lo ha acompañado y de lo que éste ha disfrutado desde que empezó a existir. No hay que ser idealista tampoco, el hombre sólo puede desarrollar la música cuando tiene “el estómago lleno”, cuando sus necesidades primarias están cubiertas, tal y como desarrolla la pirámide de necesidades de Maslow... Pero esto demuestra que la música pertenece a ese otro lado sensible de la Humanidad que compensa la parte primitiva y "salvaje" de su fisiología, razón por la que no se la trata como se debería en el mundo actual. El ritmo, como motor básico de la música, es otro ejemplo más de esto, y acompañándonos como los latidos de nuestro corazón o la cadencia de nuestra respiración o nuestros pasos demuestra cuan humana es la música en su esencia más pura y cómo todos los seres humanos somos extraordinarios, en la medida en que tenemos la capacidad natural de crearla y, aunque no nos demos cuenta, de comprenderla. Cualquier persona puede participar de la música, y si esto no es así en nuestros países es por la mencionada distracción y obstaculización que la misma sociedad impone en el individuo.

Así, ¿Hay música en el hombre? concluye con un optimismo musical  que no por ello es idealista o deja de ser verídico: la música es un elemento común en la psique humana de todas las personas, pues nos gustan (podemos sentirnos conmovidos y emocionados por) músicas de otros sitios y lugares y, lo que es más importante, de otros tiempos: Bach, Beethoven, Chopin, Mozart... La creatividad natural del hombre, mismamente reflejada en el lenguaje, su capacidad para innovar de forma más o menos relevante en lo que le rodea hace que la música sea algo más propicio en las mentes abiertas y tolerantes, algo de bien: un producto de la conjunción de las experiencias pasadas de un individuo que, como en la improvisación, vienen a unirse de forma “mágica” en el presente creando el momento musical. Y esto es algo que todos podríamos llegar a hacer. Debemos desmentir a los comentarios que marginan o arguyen una supuesta superioridad intelectual en los procesos en apariencia más complejos, con respecto a otras culturas, de la música (otra falacia): todos, absolutamente todos, lo creo fervientemente, llevamos música dentro de nosotros y tenemos la capacidad de crearla, compartirla y disfrutarla. 

El ser humano (como dice aquel anuncio memorable de Aquarius) es extraordinario.

3 comentarios:

  1. Imagino al humano en un tiempo lejano, emitiendo un sonido, siendo este sonido el vehículo de una emoción, luego descubriendo que podía repetirlo que al ejecutar estos sonidos podía entablar un dialogo con la divinidad, que podía interpretar música para la alabanza del mundo y de todo lo que hay en él.
    la música es inherente al hombre ninguna sociedad tiene derecho de privar a sus miembros del pleno disfrute de ella.

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